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+ ALBUFERA

Vela Latina-Albufera

Tirada tipica de los años 50 relatada por Eduardo Ferrer Pastor


UNA TIRADA TIPICA
(Eduardo Ferrer Pastor. 1959)

Cazador dentro de un "bocoi" (barril anclado en medio del agua),
rodeado de cimbeles de reclamo en un día de "tirada" en los años 50.

          El refranero valenciano contiene sentencias tan agudas y exactas como la siguiente: de la festa, la vespra (de la fiesta, la víspera). Con ella se alude a la emoción que suscitan los preparativos para celebrar un gran acontecimiento, llevados a cabo el día anterior a él. Los cazadores de pura cepa saben por práctica que los preliminares de una jornada cinegética son la salsa picante sin la cual este deporte, plato fuerte por excelencia, perdería mucho de su sabor. Las tiradas de la Albufera tienen una vespra pintoresca y solemne, una víspera que añade a los encantos propios de la cacería, como excitante anticipo de ellos, una ceremonia de ritual añejo, densamente ennoblecido por la tradición: la demanà (demanda, elección). Este acto tiene por objeto asignar a cada uno de los tiradores que poseen la autorización oportuna, el paraje que ocuparán el día siguiente en el lago. Se empieza pasando lista para saber si se hallan presentes todos los abonados a puestos de demanà o bien sus barqueros, en representación de aquéllos. A continuación se vocean los números de los puestos por orden rigu- roso, y cada uno de los asistentes, llegado su turno, declara el nombre del sitio que elige. La asignación queda he- cha de manera irrevocable. No caben modificaciones.

           Y en esta inmutabilidad reside precisamente la pizca de acicate que inquietará el ánimo del cazador hasta el momento de la tirada. ¿Habrá elegido bien? En las más concienzudas previsiones puede entremeterse el azar con inesperadas travesuras. Pero esta inquietud es un aliciente más en la anhelante espera de la cacería. Los abonados o, mejor aún, sus barqueros, personas conocedoras de la querencia y costumbres de las aves, han observado durante los días anteriores cómo está situada la caza de distintas especies en los puestos de demanà; incluso saben apreciar de manera muy aproximada el número de aves que reposan en cada sitio; para completar sus informes, han sostenido amplias conversaciones con guardas y pescadores, los cuales, por haber recorrido el lago en varias direcciones durante toda la semana, han tenido ocasión de ver muy de cerca las futuras víctimas de los tiradores. Los barqueros, además, poseen la facultad de pronosticar el tiempo que hara el día siguiente, la dirección del viento, la temperatura, etc., todo esto por métodos empíricos, es verdad, pero con aciertos sorprendentes que, a veces, superan la exactitud de las previsiones oficiales.

            Los resultados de tales observaciones y pronósticos se conjugan en la decisión que toma el cazador en el momento de la demaná. Pero -propicio siempre a la duda, por mucho que la disimule en sus conversaciones- sigue preguntándose: ¿Habré elegido con acierto?. ¿No ocurrirá un cambio inesperado en la dirección del viento o en las demás previsiones meteorológicas que obligue las aves a refugiarse fuera de mi demarcación?. En tal caso, los primeros puestos resultarían perjudicados en favor de los siguientes, que, en el acto de la elección, hubieron de conformarse con los sitios que aquéllos no desearon... Y he aquí de qué manera viene el temor -o quizá el deseo- de lo imprevisto, a encizañar en el pensamiento del tirador para hacerle la espera más emocionante.
           
            La demanà, sencilla y solemne al mismo tiempo, se repite como prólogo de cada tirada, tanto por ser necesaria al buen orden de las cacerías como para rendir cada vez un respetuoso homenaje al abolengo que la dignifica. La seriedad de sus procedimientos es sólo comparable a la de esa institución, típicamente valenciana, que regula con sencillez ejemplar y sin posible apelación el uso de las acequias para el riego de la huerta: el famoso Tribunal de las Aguas.

            Los cazadores más viejos hablan con veneración de esta ceremonia y evocan los tiempos en que se celebraba en el Saler, en la llamada Casa de la Demanà y también, vulgarmente, Casa de la Campaneta, por alusión a la esquila puesta sobre el tejado con la cual se daban los tres toques reglamentarios para convocar a los cazadores. La Casa de la Demanà, con la llamada Casa de los Infantes -construcción del siglo XVIII que estaba situada enfrente de la anterior y sirvió como refugio de caza para algunos visitantes regios- constituyó antaño el centro del poblado, que en las noches precedentes a las clásicas tiradas de San Martín y Santa Catalina adquiría una animación extraordinaria con los improvisados mostradores en que, bajo la luz de bujías o candiles, se vendían torrats (garbanzos tostados), turrones de Jijona, castañas pilongas, orejones, café tocaet (con adición de aguardiente) y otras golosinas. Los cazadores y sus barqueros acudían a solazarse en estos rudimentarios establecimientos y departían animadamente, cruzándose los saludos, los gritos alborozados y las risotadas
extemporáneas, provocadas por la nerviosa espera de la demanà.

          La campaneta temblaba una y otra vez sobre aquel barullo impetuoso y lo iba apagando poco a poco, hasta que su tercer toque vaciaba la plaza por completo. Los cazadores, recobrada su seriedad, entraban en la Casa, cuya sala principal apenas podía contener a todos los asistentes, muchos de los cuales, sin turbar el silencio impe- rante, desbordábanse fuera de la puerta. El farolón pendiente del techo derramaba una claridad pajiza sobre los cuerpos apretados y los rostros obscuros, avanzados inconscientemente hacia la mesa presidencial, muy abiertos los ojos, donde la ansiedad encendía candelillas. Del fondo de la sala surgía la voz del cabo de guardas, que anunciaba solemnemente : "Cavallers: va a çelebrarse la demanà..."

          Y empezaba el acto, con el mismo ritual que en nuestros días.
          Los relojes señalaban ya altas horas de la noche...
         
         Si se tiene en cuenta la conveniencia de apurar los últimos momentos que precedían a las tiradas para aproximarse mas a la exactitud en los vaticinios meteorológicos, se advierte la razón de que antiguamente se celebrase la demanà cuando faltaban pocas horas para la llegada del día. Pero esto resultaba incomodo. Hoy se celebra sobre las seis de la tarde, con lo cual, sin restar posibilidades de acierto a los modernos augures que son los barqueros, cada vez más duchos en su cometido, se consigue aumentar el tiempo dedicado a los preparativos de la tirada y, paralelamente, el incentivo de una jornada que se espera pletórica de emociones. Quedan así unas horas de tranquilidad para instalar con calma los «puestos», esos amplios toneles que se sujetan por cuatro estacas clavadas en el fondo del lago y se rodean de cañas para ocultarlos a la vista de los pájaros, haciéndoles creer que son pedazos de carrizal en medio del agua. Hay también espacio para colocar alrededor del «puesto» los cimbeles o "bots", figuras de corcho y madera cuya apariencia de aves servirá de señuelo a las verdaderas; y tales reclamos se habrán elegido antes con todo cuidado entre los de variadas formas y colores distintos que todo buen cazador posee, con el fin de que su aspecto coìncida siempre con la especie de pájaros que, según las previsiones, han de sobrevolar el paraje. Hasta quedan varias horas que conceder al sueño, el cual despejará la mente y templara los nervios para el mejor éxito de la caceria.

          Antes de tales preparativos, muchos tiradores celebrarán su cena en alegre reunión de camaradería, salpimentada con bromas de buen tono y alardes de hazañas venatorias: esas pintorescas mentiras de cazador que se aceptan complacidamente a sabiendas de su condición para admirar no tanto el hecho relatado como la fértil imaginación de su protagonista. No faltarán allí los platos típicos del lugar, el sabroso all i pebre de anguilas o de llobarros, las untuosas y picantes "botifarres en oli", rociados con el vino tinto chorreante del clásico porrón, que pasará de mano en mano, por turno rígido, sin darle un punto de reposo.

            Tras la cena vendrá la inevitable partida de "truc", inocente diversión en que los naipes, resobados y des- vaídos a fuerza de uso, servirán de pretexto a nuevas agudezas y dichos regocijantes...

            Llega, por fin, el anhelado instante. Sobre la Albufera reinan la quietud y el silencio. Es todavía de noche, pero la amanecida se presiente inmediata. Los cazadores, metidos ya en sus toneles, aprestan cartuchos y escopetas; algunos ensayarán nerviosamente la posición de tiro llevándose el arma a la cara repetidas veces para asegurarse de que sus brazos se mueven con soltura; otros contendrán su aliento con la ilusión de ser los primeros en oir la señal de empezar. Menos impacientes que ellos, los barqueros, bostezando perezosamente y con los ojos cargados aún de sueño, se han situado con sus botes minúsculos en lugares estratégicos, desde los cuales acudirán en el momento preciso a recoger las piezas abatidas; no faltará quien rebusque afanosamente, entre los bártulos de su embarcación, aquella botella de aguardiente que reservó la noche anterior para matar el cuquet, para entonarse debidamente en esta hora fresca del amanecer. Las aves dormitan junto a su querencia, sin sospechar el sacrificio que las espera...

             De repente llega del mar un tinte de alborada y con él una ligera brisa que se filtra entre los árboles de la Dehesa, estremeciendo sus ramas, y viene a la Albufera para rizar levemente sus aguas e imprimir un movimiento ondulatorio a los "bots", con lo que éstos adquieren nuevas apariencias de vida. Sobre el azul tímido del cielo se eleva una fina ráfaga de chispas: es el cohete anunciador. La cacería empieza.

             Se escuchan los primeros disparos de los impacientes: uno, dos, diez... luego, a centenares. Las aves, asustadas, remontan el vuelo y pueblan el espacio con la sinfonía de colores de sus alas desplegadas. Pero un golpetazo inesperado las detiene: es la herida fatal. Caen verticalmente, girando sobre sí mismas con rapidez vertiginosa, para chapotear en el lago con sus cuerpos inertes; sus plumas, sobre las que antes resbalaba el agua sin mojarlas, están ahora empapadas. Alguna pretenderá elevarse de nuevo para caer otra vez; sus rabiosos aleteos denuncian una lucha desesperada con la muerte. Un escopetazo del barquero la inmovilizará definitivamente.

              Cunde el entusiasmo entre los tiradores. Los barqueros, rotas ya las telarañas que entorpecían su cerebro, se van contagiando de la creciente excitación, y sobre los estampidos de las escopetas, elevan sus gritos de alerta, con los que avisan a sus patronos la llegada de aves que van a ponerse a tiro en direcciones varias. La caída de las piezas y la esperanza del generoso botín con que van a llenar los "barquets", los enardecen tanto como a los propios cazadores.

              El sol ha volcado ya toda su alegría sobre el paraje desbordando la embriaguez de los participantes en esta cacería, que es plétora maravillosa de luz y de color. No hay sentidos para apreciar otra cosa que estas magnificencias de la naturaleza; quedaron atrás las preocupaciones vulgares, se olvidaron las pequeñeces del vivir cotidiano. El curso de la vida parece detenerse en esta culminación de sensaciones gratas, más fáciles de percibir que de explicarse. Y así continúa la tirada una hora, y otra, y otra... Pasan y repasan las aves, interminablemente, y los tiradores no se cansan de abatirlas...
             Los barquets rebosan ya de víctimas recogidas. Son las cuatro de la tarde.
             La cacería ha terminado.
             Viene luego el recuento de las piezas cobradas: cincuenta, cien, doscientas...

Algunos tiradores anotan en su haber varios centenares y el éxito de la jornada pone una sonrisa de satisfacción en sus caras radiantes.

 

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